Hola,

«—¡No es justo!
—Dices eso demasiado a menudo... no sé de dónde has sacado tu idea de la justicia»

(Sí, ya sé que hay dos frases mucho más célebres e ilustrativas al final de la película que irían mucho mejor en la reseña... pero es que esas frases son spoilers de cuidado, casi tanto como el que he etiquetado al final de esta reseña y que espero que Ki no lea xD).

Adoro a David Bowie, no puedo evitarlo. Y la culpa la tiene una peliculita fantástica, orientada al público juvenil, que vi siendo una niña: Dentro del laberinto. Esa peliculita, junto con Alien, el octavo pasajero y la trilogía clásica de Star Wars, han sido las culpables de mi afición a la fantasía y a la ciencia ficción.

Este tipo de películas hay que hacerlas con amor, o si no, no salen bien. En una película como ésta, en la cual los efectos especiales están hechos a mano (salvo el búho digital que abre y cierra la película), una podría esperar cierto grado de cutrez en las imágenes. Y aunque a día de hoy se ven muy distintas a lo acostumbrado (que es totalmente digital y depurado y tal y pascual), tienen un encanto especial, porque se nota que cada efecto, cada ilusión óptica (para los que no lo sepan, la influencia de Escher en los escenarios es muy notable), en definitiva, cada detalle está hecho con mucho mimo. En cuanto a la banda sonora, es del propio Bowie, quien incluso en varias escenas interpreta y baila las canciones... qué más se puede pedir :-) Para muestra, un botón:

Y podríamos pasarnos toda la noche hablando de los detalles técnicos, pero en fin, sería perder el tiempo. Porque el gran mérito de esta película reside en que, a pesar de un argumento no demasiado elaborado y de un guión más bien normalito, su director, Jim Henson, consigue que el espectador se enganche a la historia. Que es la siguiente:

La fantasiosa y adolescente Sarah (interpretada por una jovencita Jennifer Connelly que, si bien se ha convertido en una magnífica actriz con los años, en su adolescencia era más bien normalita) perdió a su madre durante la infancia, y ahora vive con su padre y su madrastra, así como con su hermanito Tobey (que es sólo un bebé y al cual se ve obligada a cuidar como niñera todos los fines de semana por la tarde). Sarah se niega a crecer, y está en esa edad insoportable en la que el pavo que tienes encima te hace caprichoso y egoísta. Se pasa el día jugando y disfrazándose para interpretar la historia de un libro llamado Laberinto que le gusta mucho, tal vez porque se identifica con la protagonista: una jovencita que cuida de su hermanito bebé porque su padre y su madrastra se van de juerga por ahí.

El caso es que uno de esos días de niñera, Sarah se entretiene jugando a ser la protagonista de la historia y llega tarde a casa, por lo que discute con su madrastra y con su padre. Y además su hermanito no para de llorar. Así que Sarah empieza a contarle la historia del Laberinto, pero harta de los llantos, hace lo mismo que la protagonista de la historia: desear que Jareth, el Rey de los Goblins (quien no es otro que el señor David Bowie, por supuesto), se lleve al niño y así poder quedarse libre de sus llantos y de sus cuidados para siempre.

El problema de los deseos es que pueden hacerse realidad. Así, Sarah saldrá del cuarto del niño y enseguida éste dejará de llorar. Arrepentida y un poco aprensiva, Sarah volverá a entrar por si le ha pasado algo al niño... para encontrarse a Tobey ausente, el cuarto lleno de goblins, y al mismísimo Jareth en carne y hueso en la ventana, quien por supuesto ha cumplido al pie de la letra la petición de Sarah y ya se ha llevado al niño a su castillo. Por supuesto, Sarah ya se ha arrepentido de su petición y le pide a Jareth que le devuelva a su hermanito; pero éste se niega a devolverlo... a menos que Sarah sea capaz de cruzar el Laberinto y llegar hasta el castillo de Jareth en menos de 13 horas. Si no lo consigue, el niño se convertirá en un goblin para siempre. A Sarah esto no le parecerá demasiado difícil; pero el Laberinto no es un lugar cualquiera, ya que Jareth puede modificarlo a voluntad, y además está plagado de trampas mortales, acertijos lógicos, y criaturas más o menos fieles a su rey...

El caso es que esta historia es en realidad una preciosa fábula acerca de la amistad, del valor, y sobre todo, de las responsabilidades de hacerse adulto y madurar, y lo triste que es perder la ilusión de la infancia. Y también es una historia que hace pensar... porque a veces no sabes quién es el villano de la película, si el Rey de los goblins o esa jovencita que cruza el Laberinto con la temeridad propia de los niños.

Y aunque David Bowie no es ni de lejos tan buen actor como músico, en esta película se nota que está en su salsa. Porque su personaje no es un aterrador brujo malvado que somete sólo por la violencia (aunque hay ciertas amenazas veladas a algunos de los compañeros de equipo que la joven Sarah irá haciendo por su camino); sus artes son más sutiles, y combinan la brujería con el engaño y, sobre todo, con la seducción. Desde luego, tiene bastante clase (para ser un rey que vive en un castillo lleno de goblins guarrosos, claro; tampoco esperemos al Rey del Glamour en esas circunstancias). Seamos sinceros: en esta película hay mucho más sexo del que parece a simple vista. Y no porque haya escenas o referencias explícitas... sino porque Bowie exuda sensualidad por cada poro de la piel. Eso hace que cuando eres niña y ves la peli quedes inocentemente fascinada por su personaje, pero ay de la adulta que la vuelve a ver pasados los años y con los ojos sucios de la madurez...

SPOILER

Desde luego, si yo hubiera sido Sarah y Jareth se me hubiera ofrecido en cuerpo y alma tal y como se le ofreció a ella... otro gallo hubiera cantado al final de la peli xDDD (Ki, esto no lo leas xD)

FIN DEL SPOILER